Amor fugaz

Amor fugaz

Estamos llenos de fugacidad. Por todos lados. Y cada vez más.

Llevo meses pensando sobre lo mismo, por situaciones que veo a mi alrededor. No sé qué verano se perdió nuestra generación. ¿Relaciones largas? ¿Eso se come? Y no, no vamos a echarle toda la culpa siempre a Tinder… Que él no se descarga solito y se coloca en la pantalla y se inicia sesión con Facebook y elige las seis fotos y se pone una descripción y selecciona tu canción favorita de Spotify (esa función es nueva, está muy bien) y comienza a desplazar y hace Matches y abre conversaciones. No, nada de eso. Además, también hay gente que no tiene. Nada de eso. El problema es nuestro.

Debemos dejar de excusarnos, de pensar más de la cuenta. Muchos de nuestros padres están casados con sus primeras parejas. Y muchos son felices. (Otros no, pero claro, ya hay que tener puntería). Y ahora yo me pregunto: ¿Por qué a los de nuestra generación —que algún verano hemos debido de perder, definitivamente— nos da tanto miedo el compromiso? ¿Tan mal ejemplo nos dan nuestros adultos que no queremos parecernos a ellos? ¿Pensamos que seríamos menos libres? ¿Creemos que tenemos que probar todas las personas antes de la definitiva? ¿No estaremos esperando la semejante tontería de “la media naranja”? Como si hubiese una única persona entre toda la población que completase nuestra identidad y sin la que no pudiésemos vivir. Siento que leas esto si eres romántico, pero esa idea de la otra mitad es una falacia. La media naranja son los padres.

Ojo, que estoy generalizando. Luego existe ese 1% con relaciones de varios años y muy enamorados. Mi más sincera enhorabuena, de verdad. Y hasta aquí mi comentario sobre vosotros.

En fin, que tenemos que vivir más. Y “vivir más” no significa emborracharse hasta no recordar la noche anterior, ni tener affairs con muchas personas para ampliar nuestra lista de ligues (hay gente que incluso los apunta, sí). Tampoco significa que debamos ser los mayores cabrones del mundo; la tele ha hecho mucho daño y el papel del “malote” está sobrevalorado en contraposición con el buenazo. “Vivir más” significa sentir. Sentir y atreverse a hacerlo, con todas las consecuencias. Convivir no solo físicamente con las personas, sino también emocionalmente. Sentir con y a través de ellas. Sentir sin tapujos. Y respetar haciéndolo. Amén.

Ah, por cierto, ahora también se pueden compartir perfiles de Tinder para recomendarle gente a tus amigos… Parece útil, sobre todo porque muchas veces vemos a alguien a quien no daríamos Like pero pensamos que quizá a algún amigo le gustaría… Bueno, por lo que me han contado, ¿verdad, M.? 😉 Pues eso. Ya me diréis qué tal.

Sobre la pérdida

Sobre la pérdida

Perder es una mierda. Así, speaking in silver. Perder el metro, el autobús, el móvil. Perder los nervios, perder buenos hábitos, perder un partido de baloncesto (para no poner fútbol, que está demasiado sobrevalorado). Perder al piedra, papel o tijeras. Perder un amigo en la infancia por una disputa jugando a las chapas. Perder a tu primer amor (sí, ese que pensabas que iba a durar siempre; luego creces y te vuelves más escéptico, o más prudente). Perder el tiempo. Y la cabeza.

El mando de la tele, también. Perder las llaves del coche y que no puedas ir al trabajo, el cual también has perdido. Para las mujeres, perder el bolso (esto último englobaría: monedero, papeles inútiles que da seguridad tener no-se-sabe-bien-por-qué, llaves de toda índole, quizá perfume, tal vez algo de maquillaje, clínex, algún tampax o compresa, algún bolígrafo, unas gafas…). Para los hombres, perder una erección (¿quién dijo estereotipos?). Perder al ajedrez y al parchís. Perder un objeto con valor sentimental. Perder el niño que todos deberíamos llevar siempre dentro. Perder la esperanza. Perder una buena reputación. Y una buena oportunidad. O perder la paciencia.

Perder un animal.

Un familiar.

Perder una madre, un padre.

Perder un hijo.

Perder es una mierda y lo hacemos constantemente. Y pobre del que no lo acepte. Pero se sobrevive, aunque a veces sea con lorazepam. Incluso se gana otras veces, pero somos tan tontos que nos importa infinitamente más lo que se esfuma.

Eso sí, hay algo que no nos podemos permitir perder, y son las ganas de vivir.

Y la magia.

Porque, pese a todo, la muerte es la única certeza que permanece con nosotros hasta el final.

Frases que capturo al vuelo porque como vienen, se van

Frases que capturo al vuelo porque como vienen, se van

“A veces los principios de uno terminan siendo sus finales”.

“Y es que el ser humano es tonto por culpa de la inteligencia”.

“Muchos dicen que soy una caja de sorpresas. Yo digo que soy como la caja negra de los aviones, que en realidad es naranja”.

“A veces se dice que uno es un cachito de pan. Pero el pan a la intemperie se pone duro”.

“Uno de los mayores problemas de la humanidad es que existe el ridículo físico pero no el moral”.

“Las reacciones en las personas son algo determinante: una mirada, un gesto o una palabra espontáneos pueden significar mucho más que una vida. La reacción más inmediata es la esencia del sentimiento”.

“Tardó en ser consciente, pero su vida también contaba con una obsolescencia programada”.

¿Es difícil ser feliz?

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Recuerdo que lo primero que pensé fue: “No sabía que estas escenas de película también ocurren en la vida real”

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No hace mucho, en el Parque de El Retiro de Madrid, hablé con una mujer que acababa de pasar por un cáncer de mama. Iba sonriente y vestida con colores cálidos y con un pelo muy corto y canoso — tendría unos 55 años — . La habían operado en verano y ya estaba recuperada de la quimioterapia, aunque aún algo quemada por la radioterapia — todavía no le podía rozar la piel el sujetador — . Yo me encontraba entonces en un banco estudiando para mis exámenes finales de Periodismo. Se sentó a mi lado y comenzamos a charlar. “Perdona, te estoy molestando”, se disculpó al ver que yo estaba leyendo unos apuntes. “No, tranquila, en absoluto”. Después de un breve silencio, me dijo: “¿Me puedes hacer un favor? Es que hoy no voy con el dichoso gorro y se me ve el poco pelo que me ha ido creciendo. ¿Me haces una foto? Así me la pongo de perfil en WhatsApp y les doy una sorpresa a mis hijos y amigos, y ya que estoy en El Retiro, ¡que salga algo verde por detrás!”. Cuando le hice la foto cogió su móvil — uno bastante simple y barato — y la actualizó, junto con su estado: cambió “Cansada” por “¡Nuevo look!”. También me dijo que no se pensaba teñir: “Bah, para qué. Para eso soy mayor, para tener canas. ¡Me pintaré e iré tan mona!”. Risas cómplices entre las dos y mis ojos ante esa desconocida que se acababa de sentar a mi lado y a la que en cuestión de escasos minutos comencé a admirar.

Recuerdo esta escena a raíz de las navidades y de su fin: la hipocresía general y familiar, todos los estúpidos propósitos que al final nunca logramos cumplir, esos kilos de más, la ilusión por lo material, el consumismo, la educación que les damos a los niños, que desean que lleguen estas fechas para encontrarse bajo el árbol el mayor número de regalos posible… Qué difícil parece a veces ser feliz, ¿verdad? Sin embargo, me paro a pensar en los diminutos detalles, las pequeñas conversaciones que muchas veces nos pasan desapercibidas. Según mi teoría, que seguramente le habré copiado a alguien sin querer, las personas verdaderamente preparadas para la felicidad son aquellas capaces de prestar atención a esos momentos, aprender de ellos y guardarlos para siempre, o al menos para cuando les sean necesarios.Hablar con aquella bella y fuerte mujer me ayudó a entender que no hay nada tan maravilloso como poder tener la libertad de vivir y de amar, algo similar a lo que nos enseñan los animales de compañía: ellos son felices cuando acercan su cabeza a nuestro regazo para que los acariciemos y les hagamos sentir seguros e inmortales tan solo durante unos minutos.

“El periodismo es muy bonito”, me dijo también. Otro silencio. “¡Ya verás la de mensajes que me van a llegar en cuanto vean mi nueva foto!”, exclamó ilusionada. Aquella mujer ansiaba contarme su experiencia y su alegría simplemente por poder respirar tranquila y poder ir a trabajar como cualquier persona. Se notaba que estaba orgullosa por todo lo que había luchado y por lo que había conseguido con ello: Vivir. “Cuando estuve enferma pensé que esto no iba conmigo y me aferré a esta frase: ‘Es peor pensarlo que pasarlo’. Así que dejé de pensar y aquí estoy. Aliviada y feliz”. Después se fue con una sonrisa, casi flotando por el terreno porque había logrado alcanzar la ingravidez, e insistió en que la perdonase por haberme molestado. Recuerdo que lo primero que pensé fue: “No sabía que estas escenas de película también ocurren en la vida real”.

El lugar en el que le hice la foto —unos setos verdes en medio de un camino— no era el más bonito del Parque, desde luego, pero a ella le bastó para hacer partícipe a su gente del cambio de look y de estado — el de ánimo también — . Gracias a esa conversación aprendí que efectivamente no es difícil ser feliz. No sé su nombre, pero ahora solo quiero hacerle justicia y, de acuerdo con la anterior teoría de las personas preparadas para la felicidad, intento rescatar ese precioso momento y compartirlo. Además, cuando ahora paso por ese punto del Retiro me parece mucho más bello que antes. Esa mujer ha dejado la alegría flotando en aquel lugar. Fondo verde. Esperanza.

Y sí, el periodismo es muy bonito. Por eso lo usaré para contar tu historia.

Gracias.

Paciencia vs. Opinión pública

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Todos conocemos a día de hoy, y sobre todo a raíz de esta sociedad de la (des)información, la gran importancia de la opinión pública. Pero yo hoy me pregunto hasta qué punto es buena su existencia

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Todos conocemos a día de hoy, y sobre todo a raíz de esta sociedad de la (des)información, la gran importancia de la opinión pública. Y sabemos de ella porque al final los receptores influyen en los emisores, y si los primeros no están conformes con lo ofertado, los segundos se verían gravemente perjudicados. Un simple binomio de economía-poder. Pero yo hoy me pregunto hasta qué punto es buena esa opinión pública.

A todos se nos llena la boca con esa frase del Artículo 1 de la Constitución que dicta que “la soberanía nacional reside en el pueblo español”, algo lógico porque ese enunciado es casi perfecto —por aquello de que la perfección no existe—, pero, teniendo en cuenta que ese pueblo español es el portador de la opinión pública, ¿hasta qué punto los ciudadanos ayudan a favorecer la gestión del país?

Entiendo que esto que escribo no es políticamente correcto —por suerte o por desgracia todavía no me pagan así que no tengo ningún deber de expresarme así—. Estas reflexiones me vienen a la mente mientras sigo la famosa serie de ficción danesa llamada Borgen, que precisamente cuenta las relaciones internas en el Parlamento de Dinamarca junto con el juego de la prensa y por tanto el de la opinión pública. Me doy cuenta de que, al menos en Borgen, los políticos están sometidos a graves presiones por parte del parecer de los ciudadanos, y en numerosas ocasiones en lugar de pensar en lo mejor para el país, lo hacen para que sus actos y discursos sean lo más populares posible, a menudo intentando evitar caer en el desprestigio y convertirse en la comidilla de los medios. Algo así les arruinaría su carrera, por supuesto.

Así que toda esta situación me recuerda a esa famosa pescadilla que se muerde la cola: no podemos culpar a los ciudadanos por sus presiones ya que los políticos son los máximos responsables de la administración del país y se corre el riesgo de que al brindarles la mano tomen el brazo entero; pero, si los políticos han de estar continuamente pendientes de los ciudadanos —porque ellos no gozan de mi privilegio y sí tienen que ser correctos—, ¿quién piensa entonces en el bien del país?

Supongo que esta situación no la podemos aplicar al 100% en España porque tampoco podemos igualarnos a los países nórdicos con nuestra política de chichinabo, pero me parecía una reflexión interesante. Ahí está Pablo Iglesias, con su mayoría de votantes en Cataluña, que no puede retirar la condición del referéndum para formar gobierno. O Pedro Sánchez, que con esa faceta de bulldog ha perdido el poco sexappeal que tenía y ya no está tan bien valorado —y luego decíamos de Ana Pastor, aunque a ella le queda mejor—. O Albert Rivera, cuya gran aspiración le ha pasado factura. Y al final el único que intentó mantenerse al margen de las cámaras, Mariano Rajoy, fue el que acabó con el puñetazo entre ceja y ceja y sin gafas.

Además, la opinión pública no progresa adecuadamente en paciencia y también deja bastante que desear: debemos reconocer que nos lanzamos al cuello de lo más sensacionalista y morboso tan rápido como nos permiten la lengua e internet. Esperemos que esa guardiana de la soberanía no pierda del todo el rumbo y no se convierta en una opinión púbica. Así, sin L.

Otro día hablaremos del periodismo.

Microrrelato: Volver a vivir

Microrrelato: Volver a vivir

La nieta, inquieta y sin saber a quién recurrir, le pidió a la abuela algún consejo para conseguir olvidar a quien más deseaba, pero no le sirvió. Probó con el abuelo, siempre tan donjuán, pero tampoco obtuvo resultado. Incluso se encerró en su habitación con una pequeña vela y le contó el problema a su perrita, fallecida hacía apenas algunos meses. Quiso mantener su mente ocupada, ya que a veces también la inundaba el duelo de su querido animal, de modo que se empapó de cine, de teatro, de música, de arte y de literatura. En aquel mundo pudo vivir mil y un romances con sus cientos de príncipes modelados por su imaginación, pudo tener consigo de nuevo a su mascota, junto con otras más, y hasta comenzó a escribir sobre lo que la atormentaba. Con el paso de los años consiguió olvidar todo lo que la inquietaba desde un principio, y una vez desintoxicada, no supo volver a vivir.